La evolución biológica del ser humano

Transición evolución humana

Los humanos y los grandes simios compartimos antepasados comunes hace unos 15 millones de años. Nuestros parientes más cercanos son los grandes simios antropoides —gorilas, orangutanes y chimpancés— de los cuales nos diferenciamos menos que ellos del resto de los monos.

Los seres humanos disfrutamos, más que el resto de los animales, de una rica vida emocional y de una inteligencia avanzada. Nuestra especie se ha transformado biológicamente en torno a esas cualidades emergentes.

Tenemos sobre todo una mayor capacidad y desarrollo del cerebro, que nos proporciona una mayor inteligencia. Este desarrollo fue acompañado por un progresivo ajuste postural que reforzó el bipedismo, buscando nuevos puntos de equilibrio corporal. La postura erguida implicó cambios estructurales en la columna vertebral, la pelvis, la musculatura y la estructura del pie —con reducción de los dedos y pulgar no oponible—, entre otros.

Al liberarse los brazos de la locomoción, las manos evolucionaron significativamente. Gracias a nuestra inventiva e inteligencia, las manos se transformaron en herramientas primordiales para fabricar utensilios, transformar el entorno, expresar sensibilidades o defendernos. Se convirtieron en instrumentos perfectos para gestos complejos y trabajos precisos, estimulando aún más el desarrollo cerebral.

Como resultado, también observamos una reducción de la mandíbula y cambios en la dentición al dejar de usarla como órgano de trabajo o defensa. Esto transformó la forma del rostro.

Nuestra locomoción y capacidad de movimiento adquirieron tal versatilidad que nos permitió expresarnos a través del arte escénico, la danza, el deporte y una infinidad de actividades cotidianas.

Asimismo, contamos con una cavidad bucal y cuerdas vocales capaces de articular una amplia gama de sonidos, lo que permitió el surgimiento del habla y del canto, y, junto con nuestra inteligencia, el desarrollo del lenguaje.

Ilustración evolutiva

No quiero ni puedo cambiar tu designio,
sería rechazar la Vida. Una incoherencia, un agujero en el universo, desarmonía.
Latido, sangre, fuego... Mi vida fluye de tus inagotables Aguas. Estás en todas partes donde soy, impulsándome a encontrarte, a ser luz, a ser Tú.
Vivo, te vivo en mí porque me amas. ¿Cómo no ir a Ti? ¿A dónde iría, a abrigar, este infinito deseo de infinitos, a saciarme de luz?
Seguir, sólo seguir mi Dios, la invisible estela que para mí trazaste, en tu Mente infinita y eterna.
Nieves B.

Se puede intuir que si los seres humanos seguimos siendo protagonistas de la evolución de la consciencia, seguirán produciéndose grandes transformaciones en nosotros.

A nivel celular, nuestro cuerpo —“templo del alma”—, a medida que seamos capaces de vivir vibraciones más altas, se adaptará: cuerpos más perfectos, con mayor inmunidad y longevidad.

Las conexiones cerebrales continuarán desarrollándose, elevando nuestra consciencia hacia mayores niveles de comprensión. Sentiremos la vida profundamente, percibiremos el movimiento en todo aquello que nos rodea, y nuestro pensamiento cruzará fronteras para captar la vibración de cada ser u objeto.

Algo muy importante, que ya algunas personas comienzan a experimentar, y que en un futuro podría hacerse extensivo a toda la humanidad, es el recordar las vivencias desde el mismo momento de nuestra encarnación. Eso nos proporcionaría una comprensión más profunda de lo que somos. Probablemente, también se abrirá la puerta a la comunicación con seres de otras dimensiones como parte de nuestra realidad.

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